``Al hombre se le puede destruir, pero no derrotar.´´

     Ella me contó que la historia de este señor, Santiago, le traía recuerdos de alguien cercano, probablemente de un familiar. – Sabes, una vida luchando contra el mar es todo un ejemplo – . Se lucha con el mar, pensé, ir en contra de él solo puede meterte en problemas, de todas maneras no está de más proponerse tal desafío. 

    La vida en el mar es de las cosas más complicadas que conozco, comer de él sobre todo, no siempre habrá dónde rascar, infinitas son y serán las veces que miren al horizonte azul y piensen que hoy llegan a casa sin nada sobre lo que poner en la mesa. La esperanza nunca se acaba y, de eso, tienen el plato lleno. 

    El hombre que mira el mar, podría perder la vista pero la mirada permanecería intacta, sabe a dónde dirigirse y cómo moverse, conoce las corrientes aunque las mareas no jueguen a su favor, él sabe como palearlas. Constantes subidas y bajadas, compañeros que, a veces, no son tan compañeros. El trabajo se hace duro a medida que pasan los años, los huesos le duelen y su piel ya no aguanta el salitre, lo que provoca que le salgan llagas en la piel de las canillas y de los pies. El sol ha penetrado tanto en su piel que ya no es la misma, se arruga, se tiñe de marrón y las manos siempre están agrietadas, como si fueran barrancos que salen del centro de una isla. Me gusta pensar que esas formas son caminos por los que hemos andado. A pesar de los años, quedan las huellas, como si se tratase de alguna marca que revela que se ha estado ahí. 







    Escupió al océano y dijo:
––Comeos eso, Galanos. Y soñad con que habéis matado a un hombre. 
    Sabía que era una derrota definitiva y sin paliativos, volvió a popa, comprobó que la caña encajaba en el timón lo bastante bien como para seguir gobernando el bote. Se echó el saco sobre los hombros y puso el bote en rumbo. Ahora navegaba más deprisa y no pensaba ni sentía nada. 

Ernest Hemingway, El viejo y el mar. 
    



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